martes, 19 de marzo de 2013
Eran las cuatro de la mañana y acababa de llegar del concierto. En la habitación del hotel donde estoy hay un jacuzzi del tamaño de una toy. No hay nada que me haga más ilusión que meterme en una bañera de agua caliente y poder hasta casi bucear. Me dispuse a pegarme mi pequeña fiesta acúatica y abrí el grifo. El chorro salía con muy mala ostia, la fuerte presión golpeaba en el suelo de la bañera provocando un ruido ensordecedor. Una vez casi llena la mini piscina presioné el botón de funcionamiento, y entonces unas burbujas enfurecidas e implacables comenzaron a manejarme y a zarandearme por las aguas sin piedad y sin que yo pudiese hacer nada al respecto, además el sonido atronador, imposible de reducir o silenciar, acojonaba aún más. Al final me di cuenta de que aquella bañera iba a ser mucho más poderosa que yo, y de que yo ya estaba lo suficientemente cansada como para luchar contra la temperatura, los remolinos en el agua y los puñetazos de aire golpeándome la espalda y la cabeza. Terminé saliendo del caldo un poco mareada y aturdida pero qué bien me lo pasé.
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